Soñar, soñar
Parece que el Radicalismo -a diferencia del Peronismo- no se siente cómodo encolumnándose detrás de un líder carismático. Así, cuando uno de ellos desaparece, los hombrecitos grises que hormiguean en sus comités -aliviados de tanto peso- se ponen en actividad frenéticamente, llenos de entusiasmo. El problema -como respetuosamente señala Carlos Torrengo- es que los hombrecitos grises no tienen otras ideas más sustanciosas que el propio entusiasmo. Democrático, eso sí.
Su entusiasmo en algunos casos -como el de ese señor inexpresivo (difícilmente llegue a ganarse una caricatura) que funge de presidente del partido- les hace creer que están en condiciones de repartir condenas y perdones. La nota del diario Río Negro finaliza con una perlita autocrítica que fue dicha en la década del ‘10, pero parece pronunciada ayer:
"¿Qué vínculos nos unen, entonces? En la actualidad no tenemos más que el odio a la camarilla gobernante. Todos nuestros discursos lo respiran. Surgido para eliminar del escenario político un personalismo, vive encenegado en otro"



